La Capilla Santa Elena y sus 96 años: consagró una identidad

El templo fue inaugurado el 8 de junio de 1930 sobre un terreno cedido por la empresa que entonces era dueña del pueblo. La comunidad convirtió un nombre en símbolo y un símbolo en fe compartida

Por Vicente Suárez Wollert

Un trabajo incesante de dos años, permisos difíciles de obtener, adversidades climáticas que comprometieron la estructura en más de una ocasión y fondos que nunca sobraron: así fue la historia de la construcción de la primera capilla de Santa Elena. El proceso no fue lineal ni sencillo. Para cada etapa existía una comisión específica encargada de la compra de materiales o de las gestiones para traer desde Buenos Aires la imagen de la patrona. Esa imagen llegó donada por una Comisión de Damas de la ciudad, que también coordinó buena parte de las actividades de recaudación que permitieron sostener la obra en sus momentos más críticos. Sin esa red de voluntades organizadas, la capilla difícilmente hubiera llegado a terminarse en los plazos y con las características que tuvo. 

El terreno lo cedió la empresa Establecimientos Argentinos de Bovril Ltda., que por entonces era también propietaria del pueblo, dado que Santa Elena no tendría intendente propio hasta 1952. En ese sentido, que la misma empresa que controlaba la economía local facilitara el espacio para la construcción del primer templo dice mucho sobre el peso simbólico que ya tenía para entonces la figura de la patrona entre los habitantes de la ciudad.

La ceremonia de inauguración estuvo a cargo del padre misionero Carlos Hanlon, delegado por el Obispo. Fue él quien bendijo la capilla y también la campana que por décadas llamaría a los fieles. Al disolverse la manifestación, Hanlon entregó personalmente a cada uno de los 400 niños presentes un recuerdo de la fiesta, un gesto que quedó registrado en la memoria de quienes lo vivieron y que habla del carácter profundamente comunitario que tuvo el acto desde su inicio. Eran 400 niños en un pueblo que recién comenzaba a organizarse como tal y representaban una convocatoria extraordinaria, una señal de que lo que se inauguraba ese día excedía los límites de lo estrictamente religioso.

El edificio que quedó en pie era de estilo neogótico, una elección arquitectónica que no era casual ni meramente estética. Ese lenguaje de arcos ojivales, torres esbeltas y vidrieras que fragmentan la luz evocaba la solidez de las grandes catedrales europeas y transmitía, en la escala de un pueblo entrerriano a orillas del Paraná, una voluntad clara de permanencia. En su interior se destacaban numerosos altares, barandillas de mármol y la pila bautismal que dotaban al espacio de una solemnidad poco común para una capilla de pueblo. Muchos de esos elementos originales fueron eliminados en reformas posteriores a 1960, cuando los cambios litúrgicos impulsados por el Concilio Vaticano II transformaron el modo en que las comunidades concebían y habitaban sus espacios de culto. Lo que quedó, sin embargo, fue suficiente para preservar el espíritu fundacional del edificio y su presencia inconfundible en el paisaje urbano de la ciudad.

El nombre que llevaba la capilla ya era, para entonces, el nombre del lugar. La historia de ese topónimo tiene varias versiones que conviven sin cancelarse, pero la que cuenta con mayor respaldo documental conduce hasta 1858, cuando Patricio Cullen, empresario y político santafesino que llegaría a ser gobernador de su provincia en 1862, adquirió los campos que habían pertenecido durante décadas a la familia Denis. Cullen estaba casado con Elena de Iturraspe y es precisamente a partir de esa compraventa que la denominación Santa Elena comienza a aparecer con regularidad en la documentación oficial. Una carta del propio Cullen fechada en 1859 menciona mejoras en curso en “Santa Elena”, confirmando que para entonces el nombre ya estaba plenamente establecido entre quienes conocían y frecuentaban esas tierras.

Elena de Iturraspe no era una figura anónima ni secundaria en la vida pública de la región. Presidió la Sociedad de Beneficencia de Santa Fe durante décadas, impulsó escuelas para niñas pobres y fue reconocida públicamente desde 1860, cuando el gobernador Pascual Rosas la nombró entre las socias fundadoras de esa institución. Su labor social no se detuvo con la muerte de su esposo, sino que continuó hasta su propio fallecimiento en 1911, dejando una huella profunda en la historia de la beneficencia santafesina. La costumbre de honrar a esposas o familiares en el nombre de las estancias era habitual entre los terratenientes del siglo XIX; en este caso, aquel homenaje privado terminó convirtiéndose en topónimo y el topónimo en advocación religiosa. El vínculo entre el nombre de Elena de Iturraspe y la festividad litúrgica de Santa Elena, celebrada el 18 de agosto, terminó de cerrar un círculo que unió historia civil y devoción popular en una sola figura, de una manera que probablemente nadie planificó pero que el tiempo consolidó con naturalidad.

Con la inauguración de la capilla en 1930, la comunidad hizo algo más que abrir un lugar de culto. Tomó ese nombre, que traía historia comercial, familiar y geográfica acumulada durante décadas, y lo elevó a símbolo colectivo con forma de piedra y campanario. Desde entonces, Santa Elena como figura religiosa y Santa Elena como nombre del pueblo fueron, definitivamente, la misma cosa. El edificio neogótico operó como el acto de consagración de esa identidad: no la creó, pero la volvió permanente y visible desde cualquier punto del pueblo.

Décadas más tarde, la construcción de un nuevo templo en el centro de la ciudad durante los años 80 desplazó el rol litúrgico del edificio original. Hoy la capilla histórica está al cuidado de la Fundación San Lázaro, que preserva su estructura y mantiene viva su memoria. Sin embargo, su fachada neogótica sigue siendo el testimonio arquitectónico más antiguo de aquella decisión colectiva: la de una comunidad que, con donaciones, comisiones, una imagen traída desde Buenos Aires y 400 niños como testigos, no se limitó a construir un edificio. Eligió construir una identidad que, 96 años después, permanece en pie.

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