Horas aciagas

Por César Luis Penna

A veces se dificulta recordar aquello por lo que uno pasa a lo largo de toda una vida, los problemas y las preocupaciones van empujando lo vivido a lo más profundo de la memoria, pero hay circunstancias que son la llave de acceso a esos rincones. De gurí vivíamos con lo justo, éramos cinco con la abuela Rosa y la sopa no alcanzaba para todos ni el guiso ni el puchero ni las milanesas ni el estofado, siempre a uno de los mayores les dolía la panza a la hora de comer. Ni bien me di cuenta, sentí en mi interior que tenía que hacer algo. Creo que ese fue mi primer pensamiento racional. Una noche inventé que la sopa no me gustaba más, la abuela rezongó, mi mamá se quejó y no entendió. Era tan solo para que mi padre pudiera comer, porque siempre escuchaba que le dolía la panza cuando estábamos comiendo, o me decían que no había cuchillos para todos, y después lo veía comer las sobras. Entonces le di mi plato de sopa y la mitad del puchero que me había tocado.
Era una redistribución de la pobreza. “Es raro ese nene”, decía la abuela pero solo era eso. Mi hermano jamás se dio por enterado del asunto ni nadie de mi familia. Pasé más de media vida así, comiendo solo lo necesario para que los otros pudieran comer. Uno es pobre y se las arregla como puede. Cuando largué a trabajar la cosa cambió y todos comimos bien. Cuando llegaron los gurises al que le comenzó a doler la panza fue a mí, y recién ahí terminé de entender por qué lo hacían.

Afortunado
Trabajé toda la vida de lo que me gustaba, me sentí afortunado siempre aunque la plata nunca alcanzó. Llegué a tener tres trabajos, dos que me gustaban y uno que no; pero tenía que hacerlo. Solo estaba los fines de semana en casa para dormir. De la familia que había formado nada quedó, y de la que formaba parte no quedó nadie tampoco. Mi madre se fue primero, le siguió mi hermano y mi viejo que resistió todo lo que pudo. Lo cuidé hasta el último día, di hasta la última gota de sudor solo para que él estuviera lo mejor posible y darle todos los gustos. A la Negra no la vi más, a uno de mis gurises lo veía seguido pero al más grande lo dejé de ver. Nunca les pregunté por qué se fueron, o cuál era el problema solo supe que se fueron. El que se va sin que lo echen… a veces no vuelve más. Me decía mi abuela, nunca lo había entendido hasta ahora, o tal vez se refería a otra cosa, los abuelos son sabios y debemos escucharlos.

De sol a sol
El trabajar de sol a sol me llevaba muchas veces a no pensar en lo que pasaba, y el vino me fue cicatrizando las heridas que yo mismo no podía ver. Por algo el gran Horacio Guarany le cantaba tanto, y al igual que él con cada vaso lo siento a mi viejito al lado mío.
Hace poco me enteré que ya era abuelo, Franquito se llama, ¡Igualito al padre!, vinieron a visitarme un día, y brindamos por él, por un momento sentí que todo era como antes.

Duro vivir
Pero un día asumió el gobierno alguien que nadie votó supuestamente, que no tenía estructura partidaria, que no tenía representantes en todas las provincias, y que en su campaña promovía la venta de órganos como salida económica. Yo soy medio bruto pero como carne y papas, no vidrio. En menos de un año y medio mandó a la policía a pegarles a los jubilados, docentes y obreros. Como en años anteriores la gente comenzó a decir “yo no lo voté”. Hoy formó parte de esas 400.000 personas que se quedaron sin trabajo. Para mi fortuna vivo solo y con algunas changas puedo subsistir, pero el trabajo aparece cada vez más espaciado y todo se complica. El último que tuve me llevó a donde estoy ahora en el Hospital San Martín, en terapia intensiva. Muchas veces fui vigilador en distintos lugares de la ciudad, de la provincia y del país; cuidé casas, campings, casa-quintas, campos, menos autos, todo. Una vuelta fui a que me explicaran cómo era el trabajo en la construcción de un entubado de un arroyo y me corrieron a cascotazos. Terminé saliendo en medio de la oscuridad, cruzando un puente colgante al estilo Indiana Jones y trepando una barranca para estar a salvo. En otra ocasión cuidé un camping cercano a un cementerio, por las noches algunas veces cantaba tan fuerte para sacarme el miedo que la gente que me escuchaba a lo lejos se asustaba más. Hace unas pocas semanas volví al oficio para cuidar un barrio privado en construcción a las afueras de la ciudad.

Un lugar muy conocido
En mi último día de la semana escuché un ruido cerca de donde estaba vigilando, solo tenía un palo y una linterna para ahuyentar a cualquiera que osara entrar. Alumbré con la linterna y unos guachos con capucha se me vinieron encima, blandí el palo cual espada medieval, y un ¡pum! ¡pum! rompió el silencio de la noche. Me caí y los vi saltando el alambrado. Al ratito llegó mi relevo. Cuando desperté ya estaba en la guardia del hospital. Lugar que conozco desde hace cuarenta años, pasé por Clínica Médica, Oftalmología, Cardiología, Odontología, Kinesiología, Dermatología, Otorrinolaringología, Reumatología, Laboratorio, Farmacia y Traumatología. Estuve dos veces internado, una para operación y otra para observación. Todos mis familiares pasaron por acá, y algunos se quedaron. Al parecer todo el mundo le tiene idea, pero a mí siempre me atendieron bien, me han dado todas las veces los remedios, y la comida es muy buena, solo le falta un poco de sal. Lo que sí muchas veces me he levantado a las cuatro de la mañana para poder tener un turno en el dentista o el traumatólogo, pero bueno el pobre no tiene otra salida que llenarse de paciencia para sanar.

Los que ya no están
Lamento no haber podido compartir más cosas con mis gurises, desde acompañarlos a la escuela hasta llevarlos hasta el hospital de niños, de todo eso se ocupó mi mujer y mi madre en su momento. Debí haber estado más tiempo con mi madre y mi hermano, tantos temas para hablar con ellos… Mil ausencias por conservar los trabajos que me ayudaban a mantenerlos abrigados, sanos, bien comidos y bajo un techo como la gente a todos. Pero un día la casa quedó vacía y sentí que ya era tarde, muy tarde.

Un Chicle
Como enviado por un ángel un día de tormenta apareció Chicle, un perrito todo desarmado que iba y venía, bien callejero. Se quedaba conmigo cuando me sentaba a tomar mate en la vereda, y me seguía hasta la cantina del club, donde nos juntábamos con el Rengo, el Manolo, y el Ruso; siempre lo convidamos con algo. Sí, ellos también un día no volvieron al club. Al Rengo lo encontraron en el suelo de su departamento, al Manolo igual pero alcanzaron a llevarlo al hospital, y el Ruso no salió más de su casa por miedo, supongo. Así es que nos quedamos solos con el Chicle para ir a dar unas vueltas por el barrio, tomar mate y ver a la gente pasar.

En la sala
Ahora lo único que puedo hacer es pensar, recordar, y anhelar. El dolor me aparece como un relámpago, y es muy grande, los médicos me hablan pero no les entiendo nada, solo puedo escucharlos como si estuvieran dentro de una botella. Abro los ojos un poco y veo a un médico con una campera negra que se acerca, se pone su capucha y con su mano huesuda y me lleva.

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