En un mundo donde la realidad reina entre el fango de las verdades, las mentiras y las tristezas, una posibilidad surge en medio como un árbol dispuesto a terminar con un caos que no se ve, pero se siente
Por César Luis Penna
Existen cosas que son muy difíciles de explicar; esta es una de ellas. Llevaba dos meses sin novia, para calmar el dolor me pareció sanador ir a un recital. Por lo general escuchar y ver a Horcas, Malón, Almafuerte, Logos, Rata o bandas amigas como Estenia, Garras, Magnética (tributo a Metallica), me ayudaba a depurar todo, pero no había ninguna presentación en lo inmediato y justo se dio que se anunció la llegada de Horcas a Santa Fe, no dudé un segundo, saqué la anticipada y fui.
Un pequeño viaje
Con gran tranquilidad fui a esperar el fluvial una hora y media antes. Pese a tener muchos contactos para invitar, siempre he ido solo; y como para no pensar tanto me puse el objetivo de que el cantante reciba mi libro (Crónicas de un Heavy Metal), ya que varios de los cuentos tienen unos versos de sus canciones. En él no conté cuando la banda tocó en el Juan L. Ortiz presentando su excelente cerveza y estaba filmando el tema Punto final para subirlo al canal del programa de radio. Comenzó a sonar y cuando llegó el estribillo “el temor te desangra el corazón… sólo buscas a quien culpar, ya no vas a pelear por mí…” se me rompieron los ojos, bah, los lagrimales. No lo podía evitar, en pleno lagrimeo, una fan del programa me reconoció y se comió un mar de lágrimas cuando me saludó. Creí que no se iba a dar cuenta, pero sí, me lo dijo un par de semanas después mientras apretamos en la Plaza de las Mujeres.
Solo y roto
Ya en Santa Fe, en el exterior del lugar, me lo encontré al profe-conductor-organizador de recitales: el Panky. Saludé a Ramiro Relañez, gran figura de los medios en la vecina ciudad, y a algunos conocidos y entré. A un lado había un puesto con remeras y cervezas de la banda, como en pocos días era el cumpleaños de un amigo se me ocurrió llevarle un six pack, junto a una bolsita de la banda. No quería tener contacto con nadie, mucha de la gente que veía no la conocía, sólo me enfocaba en las bandas, las fotos que podía sacar, los videos que podía filmar, etc.
Manjares de recital
En un momento me dio hambre y fui en busca de un choripán y algo para tomar. Había cola, así que me dispuse a esperar mientras sonaba Precisión, banda de Paraná con gran potencia y buenas melodías thrasheras. Al finalizar les hice una entrevista para El aguante Under metal, el programa radial en el que participaba. En lo que estaba esperando el chori una chica bajita de pelo ondulado y negro brillante vestida completamente de negro se acercó a mí y me tomó del brazo preguntándome si yo era el de la radio. Le respondí que sí, con cara de ¿qué quiere esta?, me dijo algo que la música tapó y sólo asentí con la cabeza. No nací con súper oído, así es que me deshice de aquel encuentro en dos segundos.
Estando frente al escenario, ya solo con la cerveza, volvió, atiné a convidarle y se prendió como gurí chico a la merienda. Como no veía que algún novio se acercara, le pregunté si andaba sola y me dijo que sí, bueno quedate cerca si querés, le dije con una sonrisa de payasos de los años 80.
El duelo que me envolvía me dejó y nos quedamos disfrutando del recital y las bebidas. Su vestimenta negra, y su calza ultra ajustada me hacían olvidar para qué estaba ahí: cubrir el recital.
De a ratos sacaba algunas fotos y filmaba algún video y ella estaba ahí, no se iba. Hablamos de bandas, de recitales en los que coincidimos, aunque no recordaba haberla visto, de la ciudad, de las personas conocidas, etc. Todo bajo un volumen brutal, en la oscuridad, con unas lucecitas de colores y los flashes que nos daban de lleno como para que nos den convulsiones.
Una salidita para fumar
En el entretiempo de bandas salimos del recital y la acompañé a comprar cigarrillos como a 10 cuadras de donde estábamos. A esa altura ya me preguntaba qué estaba haciendo. Traté de hacerle la magia de la mano, pero la petisa era muy esquiva.
Volvimos caminando tranquilos, ella fumando a sus anchas y yo tomando un latón de Quilmes, al que por momentos ella le daba al pico también. Íbamos de regreso cuando a unas cuadras del destino ella frenó en seco, se acercó y, bajo la sombra oscura de un árbol, me dijo unas palabras que no entendí, con una cadencia en la voz algo extraña. Seguimos camino. Unos metros más adelante la tomé de la mano y zas… pico nocturno. Alguno dirá: ¡Eh… re de película! Pero así pasó. Entramos nuevamente y ya sonaba Elementos en el escenario, con el gran Poncheta en la voz y su plateada cabellera, cantando Reyes Buitres, que en su letra dice “En un mundo lleno de frivolidad que intenta cambiarnos en seres salvajes y confundidos…”. Miraba, sacaba fotos, filmaba y trataba de hacer alguna entrevista entre tanto y tanto. Estábamos compartiendo unas latas esperando la aparición de la banda de Walter Meza y me dijo que iba al baño.

La vi entrar, pasó un tiempo, pensé que le había pasado algo. Unas chicas conocidas mías justo entraban y les encargué que se fijaran por si necesitaba algo. Se las describí y entraron. Una de ellas al rato salió y me dijo: te vieron la cara pibe, acá no hay nadie. Sólo di unos pasos hacia atrás y se apagaron las luces para que entren los músicos de Horcas. Cantar a los gritos y saltar me ayudó con esa frustración nueva. Saqué unas fotos y traté de hacerles algunas preguntas en video al final, pero salió todo muy oscuro y movido. Evidentemente necesitaba equipo adecuado y alguien que me acompañe con la filmación.
Fin del recital
Antes de irme la busqué y nada, mis conocidos me preguntaron cómo era y sólo rieron, me hicieron ver que todas las chicas se veían así. Traté de decirles cómo era su rostro o su nombre, pero no recordaba nada.
Le entregué el libro a Cristian Romero (baterista) y a Walter Meza, la voz de la banda, y me fui despacio mirando para todos lados… subí al cole y me dormí en minutos. Desperté ya en la terminal, revisé que estuviera todo bien con la bolsa del regalo. Volví a dormir en casa y como era el festejo del cumpleañero, me puse el mismo pantalón y encontré en el bolsillo un paquete de cigarrillos que abandoné en la parada del 6, porque yo no fumo.
Chau Pato querido
Apenas terminaba de escribir estas líneas, un impacto seco nos sacudió a todos los que llevamos el metal en la sangre: se nos fue Claudio “Pato” Strunz. El histórico motor de Hermética, Simbiosis y Malón nos dejó a los 59 años. Fue un golpe directo al corazón. Músico y productor de alma, siempre confesó su devoción por “Locomotora” Espósito, aquel pionero que enseñó cómo tronar el doble bombo. El Pato tomó esa antorcha con una humildad inmensa, siempre predispuesto al abrazo con el público. Tuve el honor de entrevistarlo para el programa de radio y, cuando volvió por segunda vez a nuestra ciudad, pude estrecharle la mano y expresarle mi admiración por su trabajo. Él les inyectó a sus formaciones una fuerza volcánica, un sonido que el metal nacional no conocía hasta entonces; hoy es el faro para miles de pibes que intentan hacer sonar los parches, tachos y platos para alcanzar esa potencia salvaje que el metal requiere.
En medio de este fango de ausencias, uno no deja de cuestionarse: ¿por qué los artistas, los deportistas o los afectos más cercanos? ¿Por qué el destino se ensaña con la gente de bien? Mientras tanto, ahí siguen, firmes, los arquitectos de la guerra, los creadores del odio, los que callan crímenes, los abusadores, los que manchan la tierra con sangre de inocentes y genocidas de toda calaña.
Podríamos nombrarlos por nombre y apellido en cualquier rincón del mapa, en cada barrio, nación o comunidad. Al final, esa frase amarga que dice que “yerba mala nunca muere” termina siendo la más cruda de las realidades.
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