Santa Elena: alertan por inseguridad en el camping municipal

Una familia que recorre el país en casa rodante denunció haber sido hostigada por dos hombres alcoholizados dentro del predio, mientras el sereno miraba el celular sin intervenir

Por Vicente Suárez Wollert

Santa Elena volvió a estar en boca de los viajeros, pero esta vez no por su Costanera ni por la calidez de su gente, sino por un episodio de inseguridad ocurrido en su camping municipal. El relato, difundido por una familia de rodanteros y replicado rápido entre comunidades de turismo itinerante, describe una noche que arrancó con elogios al predio y terminó en una fuga hacia la ruta.

Todo empezó bien. Los turistas llegaron a la ciudad y quedaron sorprendidos por el estado del camping: fogones, mesas, bancos, quinchos de distintos tamaños, dos piletas de lavado y baños con duchas en buenas condiciones. Eligieron un quincho chico con fogón, mesa, luz y toma corriente, y pagaron 8.500 pesos. Una empleada de Turismo les había asegurado, además, que el predio contaba con servicio de sereno durante la noche, un dato que en ese momento les dio tranquilidad para instalarse.

Los precios oficiales confirman una estructura tarifaria escalonada. La estadía en carpa cuesta 4.000 pesos para hasta cuatro personas y 5.000 si son más; en casa rodante o motorhome, 7.000 y 9.500 respectivamente. Los quinchos se alquilan por turno —mediodía o noche— y van de 2.500 a 7.000 pesos según tamaño y si incluyen churrasquero o mesa. El uso del malacate suma 2.500 pesos por llegada.

El problema no fue la infraestructura. Fue lo que pasó después de que cayó el sol. Con el asado ya en marcha, la familia empezó a notar un movimiento constante de gente ajena al camping: entraban y salían caminando, en moto, en auto, usaban los baños sin ningún control. Nada fuera de lo común, hasta que dos hombres —alcoholizados o bajo el efecto de alguna sustancia, según pudieron percibir— se acercaron a pedirles dinero para comprar comida. Volvieron una y otra vez a lo largo de la noche, cada vez más insistentes.

A metros de ahí, el sereno miraba su celular sentado junto a dos empleados de limpieza. Nadie se movió. La escena se repitió varias veces mientras la familia hacía el asado y ordenaba el interior de la camioneta, hasta que uno de los dos hombres intentó subirse al vehículo y un perro que estaba en el lugar lo espantó. Para ese momento, el sector del camping se había vaciado casi por completo: quedaban sólo ellos, dos rodanteros, en medio de un predio cada vez más silencioso y a oscuras.

Decidieron entonces llamar a la policía. El patrullero tardó media hora en llegar. Mientras hablaban con los efectivos, los mismos sujetos reaparecieron para seguir molestando, esta vez frente a los propios policías, que los interrogaron ahí mismo antes de que se retiraran por su cuenta, sin denuncia formal de por medio. Recién entonces se acercó el sereno a preguntar qué había pasado. La respuesta fue directa: él había visto todo y no hizo nada. Levantaron el campamento y se fueron a pasar la noche a la estación de servicio Oil de la ruta, a la entrada de la ciudad.

La polémica no terminó ahí. Ante la repercusión que tomó el relato en redes sociales, el propio sereno salió a responder públicamente, y sus palabras terminaron de encender el debate: “No estoy para cuidar las cosas de nadie”, escribió, en un descargo que muchos usuarios interpretaron como una confirmación involuntaria de lo que denunciaba la familia. Lejos de aclarar su rol esa noche, la frase dejó flotando una pregunta incómoda sobre qué entiende el propio personal del camping por “servicio de sereno” y qué les habían prometido en realidad a los turistas que pagaron por ese concepto.

Al contar lo sucedido, los protagonistas fueron claros en un punto: no buscan desalentar la visita a Santa Elena ni al camping, sino advertir sobre una falla concreta de diseño. El predio no tiene portones ni cerramiento perimetral. Se accede directamente desde la calle, por escalinatas abiertas, sin ningún tipo de control de ingreso ni de egreso. Esa apertura, combinada con una vigilancia nocturna que no funcionó cuando hizo falta, dejó pasar una situación que, advierten, pudo haber terminado de manera mucho más grave de no mediar la reacción del perro y la llegada de la policía.

El episodio toca un nervio sensible dentro de la comunidad de turismo itinerante, donde la elección entre comodidad y seguridad es moneda corriente en cada viaje. Muchos rodanteros prefieren pasar la noche en estaciones de servicio o playones cerrados en vez de en campings municipales, aunque estos últimos ofrezcan mejor infraestructura recreativa, precisamente porque el control de acceso pesa más que las comodidades a la hora de decidir dónde dormir con tranquilidad.

Nada de esto pone en discusión la calidad del predio santaelenense, que los propios denunciantes calificaron como “hermosísimo” y bien mantenido. La cuestión pasa por otro lado: qué ocurre cuando cae la noche y no hay nadie realmente atento a lo que pasa en un espacio abierto a la calle y qué respuesta institucional merece un empleado que, ante un reclamo público, opta por desentenderse en lugar de explicar. La difusión del caso busca funcionar, según sus propios protagonistas, como una alerta preventiva para quienes planeen hacer noche en el camping municipal: conviene extremar precauciones después del atardecer.

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