Por Martín Acevedo
Utopía. Acuñado por Tomás Moro, este término fue el nombre para un sitio ficcional, inexistente, pero concreto para la literatura, una isla que alberga una sociedad ideal. Significa, de acuerdo con su etimología, el “no lugar”; en griego, οὐ (ou) “no”, τόπος (tópos), “lugar”. En este origen, ya se intuía el matiz que acabaría por darle el sentido que hoy le atribuimos, el de un futuro anhelable pero inalcanzable.
Tal vez, y más allá de la historia de esta palabra, ambas concepciones (la de no lugar y la de porvenir benéfico) estuvieran destinadas a hacerse una.
Desde el inicio de nuestra existencia como especie (o tal vez antes), la necesidad y, quizá, un instinto misterioso, movilizaron a nuestros antepasados hacia nuevos lugares hasta el momento desconocidos para ellos. Partieron de algún rincón del continente africano y comenzaron a abrirse caminos por toda la geografía, atravesaron el Medio Oriente, llegaron al estrecho de Bering y avanzaron hasta Tierra del Fuego. Abarcaron casi todas las masas terrestres del orbe con un único objetivo, encontrar sitios más amables, que les permitan una vida apacible, el sustento para sí mismos y los suyos.
Puede ser (aunque sea aventurarse mucho) que esos no lugares a conocer, con el desarrollo de las sociedades a civilizaciones, cuando ya el sedentarismo se convirtió en el estilo de vida predominante, y las leyendas a relatos fundacionales, hayan devenido en las primeras imágenes de los paraísos prometidos por las religiones.
Viajemos con la imaginación a la zona del Mediterráneo durante el siglo I. Por aquella época, el sistema religioso tradicional, basado en buena medida en prácticas rituales y en relaciones de reciprocidad con las divinidades, comenzó a mostrar señales de crisis. Los hombres y las mujeres de entonces, ya asentados en ciudades, no iban por nuevos horizontes. Esperaban recompensas más cercanas y hasta inmediatas. Recordemos que su concepción de la vida después de la muerte distaba mucho de un paraíso. En el Hades, el propio Aquiles sostiene que preferiría ser el servidor de un hombre pobre en el mundo de los vivos antes que reinar entre los muertos, según nos narra la Odisea. Quizá en esto el cristianismo fue más efectivo, prometió una utopía, de ultratumba, pero a la que todos podrían llegar.
Con el declive de la religión y el surgimiento del pensamiento científico, las utopías pasaron a ser patrimonio de las ideologías, dos futuros posibles, aunque muy lejanos, en los que, por distintas vías, por ejemplo, se acabaría con el hambre y la guerra. La muerte llegó de la mano de la técnica. Se logró dominar la materia en lo más profundo, pero ese avance fue empleado para crear la peor arma imaginable, sólo dos bombas acabaron con centenares de miles de vidas. Hoy distintas potencias detentan arsenales capaces de aniquilar varias veces a la humanidad entera; sin embargo, aún no se puede llevar alimentación básica a cada persona.
En ese contexto, la literatura, desde su vertiente especulativa, nos dio célebres distopías (futuros indeseables), desde Un mundo feliz, de Aldous Huxley, publicada en 1932, a Fahrenheit 451, de Ray Bradbury, de 1953. Por supuesto, luego de las guerras mundiales, el porvenir podía presentarse como sombrío. Sin embargo, París en el siglo XX, de Julio Verne, escrita (no se publicó en su momento) en 1863, ya nos daba una mirada pesimista sobre lo que vendría, nuestro pasado.
Resulta razonable que los escritores, agudos observadores de su presente, nos adviertan, por medio de sus textos, sobre los futuros que estamos engendrando. El cuento de la criada, de Margaret Atwood, hace unas décadas, ya nos alertaba sobre el devenir autoritario y teocrático que podría tener la política que hoy padecemos. La carretera, de Cormac McCarthy, tal vez sea un llamado de atención sobre los pasos firmes que damos hacia una devastación ambiental.
Aunque podamos considerar que se trata de una consecuencia lógica, la actual oferta de producciones audiovisuales distópicas es abrumadora. Todo porvenir imaginado es apocalíptico, en su peor sentido. Hace algunas décadas, generaciones crecían viendo Star Trek en las pantallas de sus hogares. La serie presentaba por aquel entonces, hasta los noventa inclusive, un futuro en el que la humanidad ya había abandonado las guerras, solucionado la escasez y exploraba la galaxia con el afán de trabar contactos amistosos con otras civilizaciones. Hoy esto, como mínimo, resulta de una candidez infantil. Sin embargo, el propio Aldous Huxley se sintió impelido a dar una alternativa a Un mundo feliz y, en 1962, publicó La isla, una utopía en la que, entre otros aspectos, plantea un uso responsable y edificante de los avances tecnológicos, no el devenir errático que sufrimos en nuestro presente.
Sí, la realidad de este tiempo sólo parece engendrar horizontes de colapso climático y social. Pero quizá si imaginamos un mundo venidero más justo, podamos emprender el camino hacia él y no hacia la destrucción.
Ya conquistamos todo el planeta. Hay quienes plantean que nuestro futuro se encuentra en Marte, un desierto helado en el que, si allí fuera posible el confort, estaría reservado para los tecnoligarcas. Tal vez la única alternativa sea mejorar nuestra vida y la de todas las especies que habitan esta nave de roca y agua que nos lleva por el cosmos.
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