Por César Luis Penna
Un día de sol por la costanera de Paraná apareció bien temprano un perrito de lomo marrón y pecho blanco, era de esos que muchos dirían… un cachorro sin raza. Venía de la zona del atracadero de la balsa, la brisa le movía las orejas y tenía un particular andar algo gracioso. Justo frente al balneario municipal, otro perro, negro y adulto, cruzó la calle, vio al cachorro y le hizo una seña para que lo siguiera. El pequeño llegó a la entrada, miró hacia el río y vio al grandote sentado, como mirando al horizonte.
—Hola, ¿cómo se llama señor? —dijo el cachorro moviendo la cola.
—Moncho. ¿Vos gurí?
—Yo no tengo nombre, dos humanos me dejaron hace unos días, los esperé y no volvieron. ¿Por qué te llamas así?
—El humano que me crió desde cachorro escuchaba mucho una música de otros humanos llamados “Ramones”. Escuché eso un montón de veces cuando lo iban a visitar.
—¿Qué le pasó a tu humano?
—Un día ya no lo fue a ver nadie y a mí me dejaba andar solo por la calle. De un momento a otro empezó a comer por la nariz o salía y volvía con mucho olor a vino y a feo. Un día comió mucho y no despertó más. Buscando en la basura me fui lejos y no volví. Muchas veces veníamos a mirar el agua y cuando puedo vuelvo para sentirme mejor.
—Ah. Bueno, me quedo con vos mirando entonces.
Los dos perros se quedaron bajo un sol tibio de invierno y se durmieron arropados por las pequeñas olas del río.
Unas frías nubes cubrieron el sol y un escalofrío los despertó. Moncho se levantó y se sacó la arena con una sacudida que le hizo sonar las orejas, el chiquito lo miró y lo imitó. Con un ritmo cansino los dos fueron subiendo las barrancas.
—¿Adónde vamos? —le preguntó el perrito ya sin mover la cola.
—Por acá vive una señora buena que me da de comer y a veces me tira unos trapos cuando hace mucho frío.
Fueron subiendo las cuestas de a poco y llegaron a una casa con una gran reja negra. Desde afuera se veía una casa con tejas coloradas y unas paredes blancas impecables.

El perro más grande se quedó mirando hacia adentro con la esperanza de que lo viera la señora, el pequeño ya percibía el olor de las bolsas de basura cercanas. Una bocina corta de auto los asustó, su luz apuntaba hacia las rejas, eran la dueña de casa, su hija y su nieta… Moncho, ni bien las vio, comenzó a festejarla y el pequeño no sabía qué hacer. Trató de seguir su ejemplo, pero cuando la más pequeña de la familia lo vio, enseguida lo acarició, ganando su cariño de inmediato.
—¡No toques a ese perro mugriento! —salió de la boca de la hija de la señora.
—Pero si lo bañamos ya no va a tener mugre —dijo la nieta con una dulzura que terminó de desarmar la coraza de la madre y la abuela.
Entraron al auto y los perros se quedaron afuera, estaban sentados mirando hacia adentro con alguna esperanza de que al menos les dieran algo de comer. Desde la ventana se escuchó la voz aguda e infantil diciendo ¡los perritos!, la abuela abrió la puerta y las rejas se movieron solas. Les hizo señas para que entraran.
Con mucho miedo, con las orejas y colas escondidas, entraron los dos.
—¡Flor! —gritó la abuela— Vamos a bañar a estos.
Su hija salió con un balde y un cepillo y los bañaron ahí mismo. Margarita, la más pequeña de las tres, buscó unos trapos y comenzó a secar al más chico. Moncho esperó su turno y lo secaron también. Para ellos fue como ganar la lotería.
—Acá no queremos sucios —les decía Flor y la abuela Eva sonreía.
Moncho, de inmediato, sintió un olor muy fuerte a otro perro. Pero nunca había visto a ninguno desde afuera.
—Vengan —les ordenó la abuela Eva.
Los dos la miraron y la siguieron, a un costado de la casa, bajo un gran árbol había una casa para perros. Tenía un techo a dos aguas y mucho lugar, hasta una rampa y un entrepiso.
—Esta casita la hizo mi Lorenzo que ya no está, ahora es para ustedes.
—¡Mamá, hay que limpiar esto también!
—Mañana lo hacemos, igual está más o menos limpia, le tiramos unos trapos y ya está.
Margarita vio que en el collar de Moncho estaba escrito su nombre y les preguntó cómo le ponían al más pequeño.
—Ese es un tronquito —dijo Doña Eva.
—Sí. ¡Que se llame así!
Flor ya sabía que se iba a tener que hacer cargo de ellos dos también, así es que les hizo una advertencia:
—Está bien, pero si se portan mal vuelven a la calle. Y lo van a cuidar ustedes dos.
Abuela y nieta estaban felices, les buscaron unos trapos para que se acostaran y un poco de comida que se la colocaron en un par de recipientes viejos que había dentro de la casita.
Cuando todos estaban dormidos, Tronquito escuchó ruidos del otro lado de la casa. De forma sigilosa y con mucho miedo fue a ver qué pasaba. Una sombra un poco más grande que él se movió entre unas plantas. Estuvo a punto de llamar a Moncho, pero tomó coraje y se acercó despacito sin hacer ruido. La sombra lo miró con sus ojos destellantes y de un salto subió al tapial lindante y desapareció. Por las dudas que volviera se hizo un bollo y se acostó ahí mismo, como haciendo guardia.
Flor, antes de irse a trabajar, lo vio entre las hojas y lo alzó para llevarlo a su cucha arropado como una criatura. Por una cuestión de instinto, Tronquito sacó la lengua y puso ojos de gato mimoso y la cara rígida e inflexible de Flor se aflojó y se relajó en una ternura que ya había olvidado. Lo dejó en la cucha. Moncho ya se había despertado y rezaba rezos de perro para que todo aquello que veía no se termine más. Cuando Flor se fue, los dos se quedaron en el portón sentados al sol mirando como iba la gente a trabajar.
Cuando se levantaron abuela y nieta les dieron de comer, jugaron con unas pelotas y unas ramas. Como estaban en épocas de vacaciones a la tarde todos se fueron a pasear. Flor se había separado hacía pocos meses tras una horrible convivencia que la llevó a realizar las denuncias correspondientes y tomar la decisión de volverse con su madre con la custodia de su hija. La abuela había enviudado hacía cinco años y sus fieles compañeros de cuatro patas habían partido hacía poco más de un año.
A media tarde arrancaron todos juntos con rumbo a la plaza del barrio, cuando de un auto negro importado bajó un hombre con pantalón de vestir azul oscuro y camisa blanca. Ni bien vio a Flor la sacudió del brazo, su cara horrorizada fue una señal de alarma para Moncho. Con los pelos erizados entró al galope rumbo al intruso, quien lo vio como un toro embravecido. Soltó de inmediato a Flor y trató de dar un pique rápido a su auto. Moncho parecía un cachorro corriendo atrás de una pelotita. Alcanzó a morder la parte trasera del pantalón y el intruso saltó como un gimnasta ruso para poder entrar en su auto sin ser comido por el guardián.
Margarita le pegó un grito y Moncho se volvió al trotecito para estar con su nueva familia.
Flor, entre indignada y feliz, acarició a los perros y dejó correr una lágrima invisible por su mejilla. El auto importado y su dueño se perdieron en las calles.
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