Por Martín Acevedo
El frío del aislamiento se rompe en este invierno argentino. Convocados por la Copa Mundial de Fútbol, miles de compatriotas llenan plazas y calles en un abrazo colectivo. Siempre la pulsión por romper las fronteras del individuo y tratar de alcanzar al otro busca el canal para fluir.
Somos con los otros.
La individualización extrema trata de volverse hegemónica. En nuestro país, se sustenta en discursos que permearon en el sentido común. Premisas que, de tanto ser repetidas, horadaron las mentes y se asentaron como verdades indiscutidas. Todas nacieron con el único propósito de quebrantar la autoestima nacional. Desde hace 50 años, desde las vocerías del poder concentrado, nos dicen, con hartante insistencia, que no somos capaces, que venimos de una serie de fracasos, que estamos condenados al subdesarrollo, que lo único en lo que somos buenos es el fútbol. En propagandas oficiales, durante la última dictadura cívico-militar, se destrozaba una silla de fabricación nacional con el objetivo de instalar que sólo lo importado es bueno, sin comprender que un mueble argentino significa trabajo para los nuestros. Como estas afirmaciones son de carácter relacional, es decir, se sostienen en una comparación con otras naciones, su refutación resulta casi imposible para un ciudadano de a pie. Requiere el conocimiento de otras realidades, comparables con la nuestra, o la información real y fidedigna sobre los otros países latinoamericanos.
No es necesario caer en nacionalismos extremos o chauvinismos para reconocer la valía de lo que nuestra sociedad puede construir. Tuvimos, hasta no hace mucho, la capacidad de fabricar satélites, desarrollar tecnología nuclear con fines pacíficos, gestionar redes de contención y vinculación social para los más débiles, crear el sistema jubilatorio más amplio de América, sostener una educación universitaria inclusiva y de calidad. Hoy todo eso sufre la demolición desde el poder político, amparado y guiado por el capital concentrado. Porque desde los albores de nuestra Patria, un grupo —el de los que detentan la riqueza— sólo tuvo como objetivo el expolio de los recursos naturales y —sí, también— el de los humanos para incrementar sus fortunas y radicarlas en el exterior, llevarse lo nuestro. Y para eso tuvieron que hacernos creer que no teníamos nada o que lo que tenemos es de escaso valor.
La silla de la propaganda no era sólo un mueble, sino el ejemplo del plan que comenzaba a articularse sobre nosotros, la ruptura del tejido social y productivo.
Hoy nos convoca uno de nuestros logros, el desarrollo deportivo. No es extraño que nos destaquemos en actividades cuyas dinámicas se centren en el trabajo colaborativo. Aunque queramos pensar que no, los argentinos sabemos hacer junto a otros. Pero el fútbol es un símbolo que nos lleva a abrazar otro: los colores de la bandera. Y los símbolos, sin las cosas a las que representan, no son nada.
Los símbolos pueden ser herramientas para la cohesión, para saber que somos más que individuos. No tenemos que olvidar lo que significan. Tras el celeste y el blanco, junto al Sol Incaico, hay una historia de emancipación, de lucha por construir soberanía. Son también el signo de los hombres y mujeres que construyeron los satélites, desarrollaron la ciencia y la cultura, levantaron los cimientos de nuestros edificios, sembraron y cultivaron nuestro suelo, educaron y soñaron que estas tierras en el confín austral del mundo fueran mucho más que un granero, una mina o un coto de caza.
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